Mujeres que buscan hombres Miami

Los imperialistas estadounidenses restablecen relaciones diplomáticas - ¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana! ¡Por la revolución política obrera en Cuba! (Marzo de 2015)

2016.06.07 03:00 ShaunaDorothy Los imperialistas estadounidenses restablecen relaciones diplomáticas - ¡Defender las conquistas de la Revolución Cubana! ¡Por la revolución política obrera en Cuba! (Marzo de 2015)

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Espartaco No. 43 Marzo de 2015
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard No. 1059 (9 de enero), periódico de nuestros camaradas de la Spartacist League/U.S.
Durante más de medio siglo, los imperialistas estadounidenses han intentado incansablemente derrocar la Revolución Cubana y restaurar el dominio del capital en la isla: desde la invasión de Playa Girón (Bahía de Cochinos) en 1961 hasta los constantes intentos de asesinar a Fidel Castro, y de las provocaciones terroristas de la CIA y los gusanos del exilio cubano hasta actos de sabotaje. Ahora la Casa Blanca de Obama ha anunciado su intención de “cambiar de curso” con Cuba y restaurar relaciones diplomáticas, es decir, busca conseguir el mismo fin estratégico a través de medios más efectivos. Fue a raíz de la expropiación por el gobierno de Castro de la clase capitalista de la isla en 1960, lo que trajo tan enormes conquistas para las masas cubanas, que Washington rompió relaciones con La Habana.
Lo que se propone es relativamente modesto: relajar diversas restricciones de viaje, autorizar algunas ventas y exportaciones comerciales y facilitar las transacciones bancarias entre los dos países. El paralizante embargo estadounidense, un acto de guerra económica que por décadas ha estrangulado a los obreros y campesinos cubanos, se afloja pero no se levanta. Obama dice que sin la aprobación del Congreso no puede derogar las leyes Torricelli y Helms-Burton. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991-92, lo que terminó con la crucial ayuda económica y militar a Cuba, estas leyes apretaron el embargo. Promulgadas bajo el demócrata Clinton, buscaban “desatar el caos en la isla”. ¡Abajo el embargo!
Desde el punto de vista de los marxistas revolucionarios, Cuba tiene derecho a establecer relaciones diplomáticas y económicas con cualquier país capitalista que desee, sobre todo para intentar superar el muy real problema de su estancamiento económico. Aumentar los vínculos comerciales y financieros con las corporaciones estadounidenses no significaría una restauración progresiva del capitalismo. Sin embargo, esto implicará un peligro muy real de fortalecer las fuerzas internas de la contrarrevolución capitalista en la isla.
Mientras tanto, la presencia de una base naval y centro de detención y tortura estadounidense en la Bahía de Guantánamo —donde hay unos 130 prisioneros de la “guerra contra el terrorismo” de EE.UU.— es un recordatorio de que Cuba sigue en la mira militar del imperialismo. Aunque el año pasado fueran liberadas decenas de prisioneros, Obama no está dispuesto a cerrar ese calabozo, ni mucho menos a devolver Guantánamo a Cuba. ¡Estados Unidos fuera de Guantánamo ahora!
El deshielo en las relaciones entre los dos países se dio tras más de un año de negociaciones, albergadas por el gobierno canadiense e impulsadas por el Vaticano. Como los anteriores directores generales del imperialismo estadounidense, Obama tiene con respecto a Cuba intenciones abiertamente revanchistas. Bajo su presidencia, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) —notoria por haber trabajado con la CIA desde principios de los años 60— ha fraguado diversos planes contrarrevolucionarios para sembrar descontento proimperialista en la isla. Una conspiración reciente incluía la infiltración de grupos clandestinos de hip-hop cubanos con la intención de detonar un movimiento juvenil contra el régimen.
Como parte del reciente acuerdo, Obama liberó a los últimos tres de los Cinco Cubanos que seguían bajo custodia tras haber sido condenados en 2001 bajo cargos falsos de espionaje y conspiración para cometer asesinato. La libertad de los Cinco Cubanos, hombres que heroicamente intentaban impedir actos terroristas en Cuba infiltrando y monitoreando a los grupos de cubanos exiliados en Florida, debe celebrarse. A cambio, el presidente cubano Raúl Castro devolvió a dos espías estadounidenses, el ex agente de inteligencia cubano Rolando Sarraff Trujillo —quien facilitó el arresto y la incriminación de los Cinco Cubanos— y el contratista de la USAID Alan Gross, quien fuera enviado a Cuba para introducir de contrabando equipo de cómputo y comunicación para espionaje.
La Liga Comunista Internacional siempre ha luchado por la defensa militar incondicional de Cuba frente a la amenaza de la contrarrevolución capitalista interna y el ataque imperialista. Esto fluye de nuestro entendimiento de que Cuba es un estado obrero donde el capitalismo fue derrocado. Sin embargo, desde su origen ha estado burocráticamente deformado, es decir, una burocracia parasitaria monopoliza el poder político. La base material de esta burocracia es la administración de la economía colectivizada en condiciones de escasez.
La eliminación de la producción para la ganancia, junto con el establecimiento de una planificación central y el monopolio estatal del comercio y la inversión exteriores, le permitió a Cuba garantizar a todos empleo, vivienda y educación. Hasta la fecha, Cuba tiene uno de los índices de alfabetización más altos del mundo y una tasa de mortandad infantil inferior a la de Estados Unidos o la Unión Europea. Su célebre sistema de salud, con más médicos per cápita que los de cualquier otro lugar, ofrece gratuitamente atención médica de calidad superior a la de muchos países avanzados. Los médicos cubanos han salvado vidas en todo el mundo y regularmente se les envía a ayudar a las víctimas de desastres, incluyendo la crisis del ébola en África. Es un testimonio de la superioridad de la economía colectivizada el que una isla pequeña y relativamente pobre haya sobrevivido por tanto tiempo bajo las paralizantes sanciones económicas y provocaciones militares de la bestia estadounidense, a menos de 150 kilómetros de sus costas.
En su discurso del 20 de diciembre donde anunció a la Asamblea Nacional de Cuba el reacercamiento con Estados Unidos, Raúl Castro advirtió contra las “terapias de choque” o la aceleración de las privatizaciones como recurso para revivir la estancada economía del país, lo que, dijo, significaría “arriar las banderas del socialismo”. Pero el socialismo es una sociedad igualitaria y sin clases basada en la abundancia material a escala internacional. Mientras un estado obrero esté aislado, se verá sujeto a la enorme presión del mundo capitalista circundante, presión que lo socavará y terminará por destruirlo. El destino de Cuba y su avance al socialismo dependen de la lucha por el poder proletario en toda Latinoamérica y el resto del mundo, especialmente en Estados Unidos.
Desde el principio, la política de la burocracia castrista de La Habana ha demostrado ser un obstáculo a esta perspectiva. Siguiendo los pasos de la burocracia estalinista de la antigua Unión Soviética, el régimen cubano se comprometió con el dogma nacionalista de construir el “socialismo en un solo país”. Esto ha significado oponerse a las posibilidades de revolución fuera de la isla. A principios de los años setenta, Fidel Castro abrazó al gobierno de frente popular de Chile encabezado por Salvador Allende, cuyo propósito era decapitar la amenaza de una revolución obrera y desarmar políticamente al combativo proletariado, pavimentando el camino al sangriento golpe de estado militar de Pinochet. Una década después, cuando los pequeñoburgueses sandinistas de Nicaragua derrocaron a la opresiva dictadura de Somoza haciendo añicos al estado capitalista, Fidel les aconsejó que no siguieran el camino cubano de expropiar a la burguesía. Los castristas siempre han promovido regímenes nacionalistas burgueses, lo que incluye la glorificación del fallecido caudillo populista venezolano Hugo Chávez como un supuesto revolucionario.
Así, la defensa de la Revolución Cubana está directamente ligada al llamado trotskista por una revolución política proletaria que derroque a la burocracia castrista y ponga en el poder a la clase obrera, estableciendo un régimen basado en la democracia obrera y el internacionalismo revolucionario. Esto requiere forjar un partido de vanguardia leninista-trotskista que movilice a las masas trabajadoras cubanas en lucha.
Depredaciones imperialistas y “reformas de mercado”
Como era de esperarse, el relajamiento de las restricciones respecto a Cuba enfureció al nido de víboras anticomunistas del exilio cubano y sus criaturas, como el senador de Florida Marco Rubio. En cambio, fue celebrado por vastos sectores de la burguesía, incluyendo a la patronal Cámara de Comercio y a los voceros de los medios de comunicación capitalistas. En los últimos meses, el New York Times ha llamado repetidas veces a levantar el embargo. Considerando contraproducente y anticuada la beligerante política estadounidense, una editorial de la revista Forbes (16 de enero de 2013) señaló: “Tiene poco sentido mantener un embargo permanente sobre una nación en desarrollo que avanza hacia la reforma, especialmente cuando los aliados de Estados Unidos son hostiles al embargo. Impide que cobre vida una discusión más amplia sobre una reforma inteligente en Cuba y económicamente carece de sentido”.
El gobierno de Obama ha proclamado que desea una Cuba “democrática, próspera y estable”, lo que para él significa devolver a la isla a su estatus neocolonial mediante la restauración del capitalismo, introducir inversiones redituables para los gobernantes de EE.UU. basadas en la mano de obra barata e instalar un régimen político dócil. Los capitalistas europeos y canadienses han podido penetrar en el mercado cubano mediante su participación en empresas mixtas y esperan inundar el país con importaciones baratas. Varias corporaciones de la Fortune 500, incluyendo a Caterpillar, Colgate-Palmolive y Pepsico, temen haberle cedido este mercado a sus competidores.
Es mucho lo que está en juego: en última instancia, o la única economía socializada de Latinoamérica triunfa mediante la extensión internacional de la revolución, o la contrarrevolución capitalista convierte nuevamente a Cuba en el patio de juegos de la burguesía estadounidense. En La revolución traicionada (1936), el dirigente revolucionario marxista León Trotsky describió la situación que enfrentaba el estado obrero degenerado soviético, es decir, aquella de verse rodeado por economías capitalistas más avanzadas industrial y tecnológicamente. Trotsky escribió: “Pero en sí misma, la pregunta ¿quién triunfará?, no solamente en el sentido militar de la palabra, sino ante todo, en el sentido económico, se le plantea a la URSS a escala mundial. La intervención armada es peligrosa. La introducción de mercancías a bajo precio, viniendo tras los ejércitos capitalistas, sería infinitamente más peligrosa”. Esta observación es relevante con respecto a los peligros que Cuba enfrenta hoy.
Durante treinta años, Cuba se benefició de grandes subsidios soviéticos. En la última década, se ha apoyado mucho en la Venezuela capitalista como su principal socio comercial, obteniendo de ella petróleo barato. Pero esta situación es precaria, pues la propia Venezuela enfrenta una grave crisis como consecuencia de la caída mundial de los precios del petróleo, está acosada por la inflación y recientemente fue golpeada por nuevas sanciones vengativas de Estados Unidos.
Cuba nunca se recuperó del todo de la severa crisis que sufrió tras la restauración del capitalismo en la Unión Soviética. Desde el llamado “Periodo Especial” de principios de los años noventa, la burocracia cubana ha abierto el país a la penetración económica imperialista, entregando a través de “reformas de mercado” sectores de la economía colectivizada a empresas privadas a pequeña escala. Ésta y otras medidas, como alentar el autoempleo en el sector de servicios y conceder mayor autonomía a las empresas públicas, han aumentado la desigualdad en la isla. Los cubanos negros, quienes obtuvieron grandes conquistas de la revolución, se han visto particularmente golpeados, pues tienen menos oportunidad de acceder a las divisas, ya sea recibiendo remesas del exterior u ocupando empleos en el sector turístico.
Cuba tiene hoy una considerable inversión imperialista y aspira a tener más. A 50 kilómetros de La Habana, en el puerto profundo de Mariel, el gobierno cubano está permitiendo la construcción de una zona económica especial de “libre comercio”, capaz de recibir a los buques cargueros más grandes del mundo. Brasil ya ha destinado casi mil millones de dólares al proyecto. Ahora que se ha planteado la renovación del comercio con Estados Unidos, repetimos nuestra advertencia de que ese acontecimiento “subraya la importancia del monopolio estatal [cubano] sobre el comercio exterior —es decir, un estricto control gubernamental sobre las importaciones y las exportaciones”— (“Cuba: Crisis económica y ‘reformas de mercado’”, Espartaco No. 34, otoño de 2011).
El régimen cubano ha restablecido lazos y promovido a la reaccionaria Iglesia Católica en la isla, un potencial caldo de cultivo de la contrarrevolución capitalista. Tanto Obama como Castro aplaudieron al papa Francisco por su papel en las negociaciones. Este papa jesuita le ha dado al Vaticano un poco de cirugía cosmética, proponiendo hacer la iglesia más incluyente (aunque sin dejar de oponerse testarudamente al aborto y la ordenación de mujeres) y predicando contra la “tiranía” del capitalismo, aunque sus intenciones no son menos siniestras que las de sus predecesores.
El Vaticano es tristemente célebre por haber apoyado las dictaduras militares latinoamericanas y promovido la restauración del capitalismo bajo el disfraz de elecciones supuestamente libres y reformas “democráticas”. El cardenal cubano Jaime Ortega —quien fue confinado en un campo de detenidos durante los primeros años de la revolución cuando se quebró el dominio de la iglesia— es, junto con el papa Francisco, uno de los mayores promotores de esas reformas en la isla. En 1998, Fidel recibió con entusiasmo al papa Juan Pablo II, y en 2012 a Benedicto XVI. En todo el país hay fotos y monumentos conmemorando el encuentro entre Castro y Juan Pablo, santo patrón de las contrarrevoluciones, quien tan arduamente trabajó por restaurar el capitalismo en los estados obreros deformados de Europa Oriental, especialmente en su natal Polonia.
Defendiendo a Cuba en la encrucijada
Las fuerzas guerrilleras que entraron en La Habana en 1959 bajo la dirección de Fidel Castro eran un grupo pequeñoburgués políticamente heterogéneo. Su victoria no sólo derribó al odiado régimen de Batista, sino que hizo añicos todo el viejo aparato estatal. El nuevo gobierno llevó a cabo una serie de reformas liberales, pero la redistribución agraria y las medidas tomadas contra los torturadores de Batista asustaron a los partidarios burgueses de Castro, quienes empezaron a huir a Miami. Estas medidas también alarmaron a Washington, el cual emprendió una acción punitiva que obligó a Castro a firmar un tratado comercial con la Unión Soviética. El que las refinerías de propiedad imperialista se negaran a refinar el crudo soviético provocó que Cuba nacionalizara las propiedades estadounidenses, a las que siguieron todos los bancos y negocios en octubre de 1960, lo que liquidó a la burguesía cubana como clase. Hoy, las corporaciones como la United Fruit, Standard Oil y Texaco están salivando ante la posibilidad de obtener compensaciones por las nacionalizaciones que sufrieron hace medio siglo.
Lo mejor que pudo surgir de la Revolución Cubana —en ausencia de la toma del poder por el proletariado dirigido por un partido revolucionario de vanguardia— fue la creación de un estado obrero deformado. Explicando cómo fue que un movimiento guerrillero basado en el campesinado pudo derrocar el dominio capitalista, en la “Declaración de principios”, adoptada en la Conferencia de Fundación de la Spartacist League en 1966, escribimos:
“Movimientos de esta índole pueden bajo ciertas condiciones —es decir, la desorganización extrema de la clase capitalista en el país colonial y la ausencia de una clase obrera que luche por derecho propio por el poder social— destruir las relaciones de propiedad capitalista. Sin embargo no pueden llevar a la clase obrera al poder político. Al contrario crean regímenes burocráticos antiobreros que suprimen todo desarrollo ulterior de estas revoluciones hacia el socialismo”.
—“Declaración de principios de la Spartacist League”, Cuadernos Marxistas No. 1
Esta revolución no hubiera sobrevivido si la Unión Soviética no hubiera aportado un contrapeso militar al imperialismo y un salvavidas a la economía cubana. Hoy, cuando no hay nada parecido a esa ayuda, no existe más la ventana histórica que permitió que fuerzas pequeñoburguesas crearan un estado obrero deformado.
La lucha por defender y extender la Revolución Cubana ha sido un distintivo de nuestra tendencia desde su origen como la Revolutionary Tendency (RT, Tendencia Revolucionaria), una minoría dentro del Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista) estadounidense. La mayoría del SWP equiparaba al régimen de Castro con el gobierno revolucionario bolchevique de Lenin y Trotsky. Al hacerlo, los líderes de la mayoría del SWP rechazaban abiertamente tanto la necesidad de un partido leninista-trotskista que aportara una dirección revolucionaria, como la centralidad del proletariado en la lucha por la revolución socialista.
Habiendo perdido la esperanza en esa perspectiva, el SWP elogió acríticamente a la burocracia castrista. En enero de 1961 el SWP adoptó las “Tesis sobre la Revolución Cubana” de Joseph Hansen, las cuales declaraban que Cuba había “entrado a la fase de transición a un estado obrero, aunque todavía no poseía las formas de la democracia obrera”.
Más de medio siglo después, nuestro análisis y programa trotskistas han resistido la prueba del tiempo. Los que ayer eran porristas de la burocracia castrista se han hecho más viejos, pero no más sabios. En un artículo fechado el 23 de diciembre y publicado en counterpunch.org, Jeff Mackler, el principal mandamás de Socialist Action (SA, Acción Socialista), un retoño del reformista SWP, poseído por el fantasma de Hansen, escribe: “Aunque a Cuba todavía [¡!] le faltan las instituciones formales y vitalmente necesarias de la democracia obrera,...la actual dirigencia cubana no se ha convertido en una casta endurecida cuyos intereses sólo puedan defenderse mediante la represión”.
De hecho, la casta burocrática encabezada por los Castro siempre ha excluido a la clase obrera del poder político, usando la represión y la ideología del nacionalismo para mantener a los obreros y campesinos cubanos atomizados y políticamente pasivos. El régimen de Castro no sólo encarcela disidentes que colaboran activamente con el imperialismo estadounidense, también reprime a oponentes prosocialistas, incluyendo a militantes como los trotskistas en los años sesenta. Esto ilustra la naturaleza inherentemente contradictoria de la casta burocrática estalinista, la cual se equilibra entre la burguesía imperialista, por un lado, y la clase obrera, por el otro.
Mackler hace hasta lo imposible para presentar al “equipo Castro” como los grandes custodios del socialismo. Elogia las reformas de mercado de la burocracia —que, según él, “dentro del marco de los ideales socialistas, buscan hacer más eficiente la economía cubana”— y grazna absurdamente que estas reformas fueron “presentadas para su discusión, debate y modificación” a “millones de cubanos” antes de llevarse a la práctica.
Las reformas orientadas al mercado son un intento de responder al estancamiento económico dentro del marco del control burocrático estalinista de la economía. Como escribimos en el artículo: “For Central Planning Through Soviet Democracy” (Por una planificación central mediante la democracia soviética, WV No. 454, 3 de junio de 1988):
“La economía planificada...sólo puede ser eficaz cuando los obreros, la intelectualidad técnica y los gerentes se identifican con el gobierno que emite los planes...
“Dentro del marco del estalinismo, hay una tendencia inherente a remplazar la planificación y la administración centrales con mecanismos de mercado. Dado que los gerentes y los obreros no pueden ser sometidos a la disciplina de la democracia de los soviets (consejos obreros), la burocracia tiende a ver cada vez más la sujeción de los actores económicos a la disciplina de la competencia de mercado como la única respuesta a la ineficiencia económica”.
Los consejos obreros no son sólo otras “formas” de poder proletario, sino que son esenciales para la operación racional de una economía planificada y socializada.
Mackler sostiene también que los “esfuerzos humanitarios” que Cuba lleva a cabo en el exterior son testimonio de “una orientación revolucionaria y socialista que continúa”. Muchas de las intervenciones internacionales de Cuba han sido ciertamente heroicas, especialmente cuando el país envió a África en los años setenta miles de efectivos para ayudar a Angola a defender su recién conquistada independencia de Portugal contra fuerzas locales reaccionarias apoyadas por el imperialismo estadounidense y la Sudáfrica del apartheid. Sin embargo, el objetivo de los estalinistas cubanos no fue nunca ayudar en el derrocamiento del capitalismo en África; su intervención expresaba su apoyo político a los nacionalistas burgueses angoleños a cuyo lado luchaban. Incluso estando en la mira de las armas estadounidenses, la intención de Fidel Castro fue siempre una “détente” [distención] a través del ala “progresista” del imperialismo estadounidense, es decir, el Partido Demócrata.
Mientras los falsos trotskistas como SA se deshacen en elogios a los estalinistas cubanos, en otras partes se unen a las cruzadas anticomunistas por la “democracia” del imperialismo. SA se alió con los peores enemigos de la Revolución Cubana al defender a las fuerzas capitalistas-restauracionistas que se movilizaron contra el estado obrero degenerado soviético en los años ochenta, incluyendo al “sindicato” contrarrevolucionario polaco Solidarność, el favorito del papa Juan Pablo II.
Otros seudosocialistas se oponen al régimen de Castro desde el punto de vista de una virulenta hostilidad anticomunista al estado obrero cubano mismo. Ese es el caso de la estadounidense International Socialist Organization (ISO, Organización Socialista Internacional), los primos desheredados de la tendencia internacional de Tony Cliff. Los cliffistas son conocidos por haber descartado a Cuba, junto con China y todo el antiguo bloque soviético de Europa del Este, como “regímenes capitalistas de estado” que “no tienen nada que ver con el socialismo”.
Escribiendo en la revista Jacobin (22 de diciembre), Samuel Farber, quien publica frecuentemente en la prensa de la ISO, celebró el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos como una “importante conquista del pueblo cubano”. Según Farber, quien seguramente obtiene sus criterios del Departamento de Estado de EE.UU., ese acuerdo “puede mejorar los estándares de vida de los cubanos y ayudar a liberalizar las condiciones de su opresión política y su explotación económica, aunque no necesariamente a democratizarlas”. Para Farber, Cuba no es más que otro estado sujeto a la “explotación” capitalista, aunque difiere de Estados Unidos por su falta de “democracia”.
Los revolucionarios de Estados Unidos tienen un deber especial de defender a Cuba contra la restauración capitalista y del rapaz imperialismo estadounidense. Esto no puede reducirse a la cuestión de preservar la cultura cubana única ni a simplemente bloquear las incursiones de los monopolios imperialistas a la isla. El futuro de las masas cubanas —ligado al de la liberación de cientos de millones de trabajadores de América Latina y vinculado a la lucha por la emancipación de los explotados y los oprimidos en las entrañas del monstruo estadounidense— es una cuestión de clase. Luchamos por forjar un partido obrero revolucionario en Estados Unidos como sección de una Cuarta Internacional trotskista reforjada. Un partido así imbuiría a la multirracial clase obrera estadounidense con el entendimiento de que la defensa de la Revolución Cubana es una parte integral de su propia lucha contra sus gobernantes capitalistas y por la revolución socialista mundial.■
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/43/cubana.html
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2016.06.02 12:32 ShaunaDorothy Trotskismo vs. castrismo - A 50 años de la Revolución Cubana: ¡Defender a Cuba! ( 1 - 2 ) (Invierno de 2008-2009)

https://archive.is/rhukp
Espartaco No. 30 Invierno de 2008-2009
Trotskismo vs. castrismo
A 50 años de la Revolución Cubana:
¡Defender a Cuba!
¡Por la revolución política obrera!
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard No. 915, publicado originalmente bajo el encabezado “¡Defender la Revolución Cubana!”
Desde el momento en que el gobierno de Fidel Castro expropió a la clase capitalista de Cuba en 1960, estableciendo un estado obrero burocráticamente deformado, la clase gobernante estadounidense ha trabajado sin descanso para echar abajo la Revolución Cubana y restituir la dictadura de la burguesía: desde la invasión a Playa Girón (Bahía de Cochinos) en 1961 hasta las repetidas intentonas de asesinar a Castro, desde el apoyo financiero a terroristas contrarrevolucionarios en Miami hasta el actual embargo económico. La destrucción del dominio de la clase capitalista en Cuba condujo a enormes avances para sus trabajadores. La economía planificada y centralizada garantizó trabajo, vivienda decente, comida y educación para todos. Los cubanos disfrutan hoy de una de las tasas más altas de alfabetismo en el mundo. La revolución benefició especialmente a las mujeres: se rompió la dominación de la iglesia católica, y el aborto es un servicio de salud gratuito. A pesar de los efectos devastadores del bloqueo estadounidense, el sistema de salud gratuito es aún, por mucho, el mejor de un país subdesarrollado. La mortalidad infantil es más baja que en algunas partes del “Primer Mundo”, y Cuba cuenta con más doctores y profesores per cápita que casi cualquier otro lugar del mundo.
Como trotskistas (es decir, genuinos marxistas), estamos por la defensa militar incondicional del estado obrero deformado cubano —y de la misma manera con los otros estados obreros deformados restantes: China, Corea del Norte y Vietnam— en contra del ataque imperialista y la contrarrevolución capitalista. Nos oponemos al embargo económico estadounidense, un descarado acto de guerra, y exigimos el retiro inmediato de las tropas estadounidenses de la Bahía de Guantánamo. Apoyamos plenamente el derecho de Cuba a comerciar y tener relaciones diplomáticas con estados capitalistas. Sin embargo, reconocemos que un ala de los imperialistas estadounidenses, representada por aquellos como el político demócrata Barack Obama, procura mitigar el embargo comercial y el aislamiento diplomático de Cuba como una manera más efectiva de derrocar al estado obrero deformado cubano. Ésta ha sido por mucho tiempo la política de los gobernantes de Europa Occidental y Canadá. Nuestra defensa de la Revolución Cubana está basada en nuestro internacionalismo proletario, que incluye de manera central la lucha por una revolución socialista en EE.UU. y en otros países capitalistas avanzados.
El régimen cubano encabezado por Fidel Castro y ahora administrado por su hermano Raúl es fundamentalmente nacionalista, impulsa el dogma estalinista de construir el “socialismo en un solo país” y, por lo tanto, niega la necesidad de la revolución proletaria a nivel internacional, no sólo en el resto de Latinoamérica sino particularmente en el mundo capitalista avanzado, incluyendo EE.UU. Como explicaremos más adelante, el régimen cubano se opuso repetidamente a la necesidad de derrocar las relaciones de propiedad capitalistas, por ejemplo en los casos de Chile y Nicaragua.
El régimen cubano es cualitativamente semejante al que surgió en la Unión Soviética después de que la burocracia estalinista usurpara el poder político en una contrarrevolución política que se inició en 1924 y se consolidó en los años siguientes. Después de la Revolución Cubana, la Revolutionary Tendency (Tendencia Revolucionaria, RT) dentro del Socialist Workers Party (Partido Obrero Socialista, SWP) de EE.UU., luchó por este entendimiento programático en contra de la mayoría del SWP que, sin crítica alguna, apoyó fuerzas de clase ajenas en la forma de guerrillas pequeñoburguesas dirigidas por Castro y el Ché Guevara. La RT y su sucesora, la Spartacist League, fueron únicas en sostener que Cuba se había convertido en un estado obrero burocráticamente deformado en el verano-otoño de 1960. Un mayor avance hacia el socialismo requeriría una revolución adicional, una revolución política proletaria para barrer con la burocracia de Castro, establecer órganos de democracia obrera e instalar un régimen revolucionario internacionalista. Como afirmaba un documento presentado por la RT a la Convención del SWP de 1963:
“La Revolución Cubana ha expuesto las amplias infiltraciones que el revisionismo ha hecho dentro de nuestro movimiento. Con el pretexto de defender la Revolución Cubana, en sí mismo una obligación para nuestro movimiento, se le ha dado un apoyo pleno, incondicional y sin críticas al gobierno y dirección de Castro, a pesar de su naturaleza pequeñoburguesa y su conducta burocrática. Sin embargo, el historial del régimen de oposición a los derechos democráticos de los obreros y los campesinos cubanos está claro: la destitución burocrática de los líderes del movimiento obrero elegidos democráticamente y su remplazo por lacayos estalinistas; la supresión de la prensa trotskista; la proclamación del sistema de partido único; y mucho más. Este historial es paralelo a los enormes logros iniciales, sociales y económicos, de la Revolución Cubana. Por lo tanto, los trotskistas somos al mismo tiempo los defensores más combativos e incondicionales de la Revolución Cubana, así como del estado obrero deformado que nació de ella, contra el imperialismo. Pero los trotskistas no pueden poner su confianza, ni dar su apoyo político, por muy crítico que sea, a un régimen gubernamental hostil a los más elementales principios y prácticas de la democracia obrera aunque nuestra orientación táctica no es la que sería hacia una casta burocrática endurecida.”
—“Hacia el renacimiento de la IV Internacional”, reimpreso en Spartacist No. 33 (Edición en español), enero de 2005
Cuarenta y cinco años después, este análisis y programa trotskistas han superado las pruebas del tiempo. La mayor parte de los seudotrotskistas se entusiasmaron con Castro; unos pocos, como la Socialist Labour League [Liga Socialista Obrera] de Gran Bretaña en los años 60, grupo del fallecido Gerry Healy, negaban que el capitalismo había sido derrocado en Cuba. Pero quienes en el pasado eran porristas de diversos burócratas estalinistas se han unido a las cruzadas anticomunistas de los imperialistas por la “democracia”. Así, el SWP, que desde hace mucho repudió explícitamente el trotskismo, junto con sus vástagos como Socialist Action (Acción Socialista, SA) y sus antiguos aliados internacionales en el Secretariado Unificado (S.U.), se sumó a la embestida del imperialismo estadounidense para destruir a la Unión Soviética, apoyando abiertamente las fuerzas de la reacción anticomunista. Eso también hicieron los de la tendencia Militante de Ted Grant, precursora de la Corriente Marxista Internacional (CMI) dirigida por Alan Woods, que hoy se presenta como los “trotskistas” en Cuba. Con respecto a Cuba hoy, todas estas fuerzas o bien continúan dando apoyo político al régimen de Castro o, peor aun, lo atacan desde la derecha.
La cuestión del trotskismo y el papel del mismo León Trotsky —codirigente junto con Lenin de la Revolución de Octubre de 1917— han sido en años recientes materia de algunas discusiones en círculos académicos y de otros tipos en Cuba. Por ejemplo, hace cuatro años la publicación cubana Temas (No. 39-40, octubre-diciembre de 2004) incluyó un debate sobre el tema “¿Por qué cayó el socialismo en Europa Oriental?” en donde muchos participantes señalaron positivamente las críticas de Trotsky sobre el ascenso de la burocracia estalinista. A principios de 2008, la obra seminal de Trotsky que analiza el ascenso del estalinismo, La revolución traicionada, fue presentada ante una multitud desbordante en la Feria del Libro de La Habana. [La recientemente fallecida] Celia Hart —hija de Haydée Santamaría y Armando Hart, dos líderes históricos de la Revolución Cubana— ha publicado y hablado en la isla como profesa partidaria tanto del trotskismo como del régimen cubano [ver “Celia Hart, 1963-2008”, p. 19].
Es crucial que los jóvenes y quienes buscan un camino genuinamente revolucionario estudien y asimilen el programa revolucionario internacionalista del trotskismo, que se contrapone agudamente al revisionismo del SWP, SA, el S.U., la CMI y otros. Esto requiere un análisis de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y de la verdadera historia de la Revolución Cubana y el régimen de Castro.
La lucha por el trotskismo en el SWP
Después de la victoria de las fuerzas de Castro en 1959, la mayoría del SWP aclamó a éste y Guevara como “trotskistas inconscientes”. Semana tras semana, el periódico del SWP, el Militant, reproducía sus discursos sin crítica alguna. Según el SWP, Cuba había evolucionado de un “gobierno obrero y campesino” a un estado obrero sano, cualitativamente del mismo tipo que el estado obrero soviético bajo la dirección de Lenin y Trotsky. Tal y como la RT señaló en un documento de 1960, éste era “¡un gobierno obrero y campesino en el cual no hay obreros ni campesinos, ni representantes de partidos independientes de obreros y campesinos!” (“La Revolución Cubana y la teoría marxista”, reimpreso en Cuadernos Marxistas No. 2, 1974).
La línea política del SWP con respecto a la Revolución Cubana reflejaba una oleada de revisionismo en la IV Internacional una década atrás. La IV Internacional, que fue fundada bajo la dirección de Trotsky en 1938, se había desorientado profundamente por los derrocamientos del capitalismo bajo direcciones estalinistas después de la Segunda Guerra Mundial. En 1949, el Ejército de Liberación Popular de Mao Zedong, basado en el campesinado, le arrancó el poder de las manos al colapsante Guomindang burgués dirigido por Chiang Kai-shek, lo que condujo a la formación de un estado obrero deformado. Derrocamientos sociales similares, basados en el campesinado y dirigidos por fuerzas estalinistas, triunfaron en Yugoslavia, Corea del Norte y Vietnam del Norte (extendido al sur en 1975, luego de la derrota del imperialismo estadounidense por los obreros y campesinos vietnamitas). El capitalismo fue derrocado en varios países de Europa Central y Oriental bajo la ocupación soviética después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque los procesos fueron distintos en cada uno de estos países, lo que todos tuvieron en común era la ausencia de la clase obrera en contienda por el poder estatal. El resultado fue la creación de estados obreros deformados burocráticamente.
Sin embargo, Michel Pablo, entonces dirigente de la IV Internacional, respondió a los derrocamientos sociales de la posguerra repudiando la importancia central de una dirección revolucionaria consciente. Pablo afirmaba que “el proceso objetivo es, en el análisis final, el único factor determinante”. Supuestamente, la “dinámica objetiva” aseguraba una relación de fuerzas cada vez más favorable, y en este contexto los partidos comunistas estalinizados “conservan la posibilidad en ciertas circunstancias de delinear burdamente una orientación revolucionaria”. Pablo pronosticó “siglos” de estados obreros deformados. Los trotskistas fueron relegados a liquidarse dentro de partidos socialdemócratas o estalinistas, o, en el mejor de los casos, a ser grupos de presión sobre éstos. Este revisionismo condujo a la destrucción de la IV Internacional entre 1951 y 1953. Los revisionistas pablistas fueron combatidos por el SWP y su dirigente, James Cannon, aunque tardíamente, de manera parcial y principalmente en el terreno nacional del SWP. En 1953, el SWP y otras fuerzas antipablistas a nivel internacional se escindieron de Pablo (ver “Génesis del pablismo”, Cuadernos Marxistas No. 1, 1975).
Pero con el desarrollo de la Revolución Cubana, el SWP adoptó el revisionismo pablista y procedió a una “reunificación” con los pupilos de Pablo agrupados en el “Secretariado Internacional”. El documento de fundación del “Secretariado Unificado de la IV Internacional” proclamaba:
“Como lo observó I.F. Stone, el perspicaz periodista radical norteamericano, después de un viaje a Cuba, allí los revolucionarios son trotskistas ‘inconscientes’. Cuando estas corrientes y otras relacionadas con ellas adquieran plena conciencia, el trotskismo será una corriente poderosa.”
—“La dialéctica actual de la revolución mundial” (1963, publicado en español por Pathfinder Press en antología homónima de 1975)
El SWP afirmaba que la guerra de guerrillas basada en el campesinado sería la oleada del futuro y la forma decisiva de derrocar al capitalismo y esperaba que fuera así. Escribió:
“En el camino de una revolución que comienza por simples reivindicaciones democráticas y que termina en la destrucción de las relaciones de propiedad capitalista, la guerra de guerrillas realizada por los campesinos sin tierra y fuerzas semiproletarias, bajo una dirección que se encuentra empeñada en proseguir la revolución hasta su término, puede jugar un papel decisivo para minar el poder colonial y semicolonial, y precipitar su caída. Ésta es una de las principales lecciones de la experiencia de posguerra. Debe ser conscientemente incorporada a la estrategia de construcción de partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales.”
—Comité Político del SWP, “Por la pronta reunificación del movimiento trotskista mundial”, en Ibíd.
En contraposición a la mayoría del SWP, la Revolutionary Tendency afirmaba en su documento programático “Hacia el renacimiento de la IV Internacional, proyecto de resolución sobre el movimiento mundial”, presentado a la Convención del SWP de 1963:
“La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha demostrado que la guerra de guerrillas basada en los campesinos bajo una dirección pequeñoburguesa no puede por sí sola llegar más allá de un régimen burocrático antiobrero. La creación de estos regímenes ha ocurrido bajo las condiciones de la decadencia del imperialismo, la desmoralización y desorientación causadas por la traición estalinista, y la ausencia de una dirección revolucionaria marxista de la clase obrera. La revolución colonial puede tener un signo inequívocamente progresista sólo bajo tal dirección del proletariado revolucionario. Para los trotskistas el incorporar a su estrategia el revisionismo sobre la cuestión de la dirección proletaria de la revolución es una profunda negación del marxismo-leninismo, cualquiera que sea el beato deseo expresado al mismo tiempo de ‘construir partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales’. Los marxistas deben oponerse resueltamente a cualquier aceptación aventurera de la vía al socialismo a través de la guerra de guerrillas campesina, análoga históricamente al programa táctico socialrevolucionario contra el que luchó Lenin. Esta alternativa sería un curso suicida para los fines socialistas del movimiento, y quizá físicamente para los mismos aventureros.”
El SWP estaba destrozando conscientemente la teoría de la revolución permanente de Trotsky, la cual traza el camino hacia la emancipación social y nacional en países de desarrollo desigual y combinado. En tales países, la burguesía nacional está atada por un millón de lazos a los imperialistas y teme al proletariado. Por lo tanto es incapaz de realizar las tareas históricamente asociadas a las revoluciones burguesas clásicas de Inglaterra y Francia en los siglos XVII y XVIII. El único camino hacia delante es, como declaró Trotsky en La revolución permanente (1930), la lucha por “la dictadura del proletariado empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”. La dictadura del proletariado pondrá en el orden del día no sólo las tareas democráticas sino también las socialistas, como la colectivización de la economía, dando así un gran impulso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado en los países de capitalismo avanzado impediría la restauración burguesa y aseguraría la posibilidad de culminar la construcción del socialismo.
La teoría de Trotsky fue confirmada por la Revolución Rusa de Octubre de 1917. Bajo la dirección del Partido Bolchevique de Lenin y Trotsky, los trabajadores revolucionarios, apoyados por el campesinado, derrocaron el gobierno de los capitalistas y terratenientes. La fuerza insurgente decisiva fue la Guardia Roja, la milicia obrera, así como las unidades militares bajo el mando de consejos de soldados y marineros dirigidos por los bolcheviques. El estado burgués fue hecho pedazos y remplazado por un estado obrero basado en órganos de democracia obrera masivos, los soviets (consejos) electos de obreros, soldados y campesinos. La formación de la Internacional Comunista en 1919 expresaba el entendimiento de los bolcheviques de que la Revolución Rusa era sólo el primer episodio, reversible, de la revolución socialista mundial. (Ver “El desarrollo y la extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotsky”, Espartaco No. 29, primavera de 2008.)
La Revolución Cubana
Bajo el dictador Fulgencio Batista, Cuba era esencialmente una subsidiaria de la mafia estadounidense y de la United Fruit Company (ver, por ejemplo, la película El Padrino, II parte). Cuando el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro entró a La Habana el día de Año Nuevo de 1959, derrotó a los remanentes del ejército de Batista, quien era profundamente despreciado por las masas, estaba aislado de las altas capas de la sociedad cubana y finalmente fue abandonado por los imperialistas estadounidenses. Los comandantes del ejército rebelde eran intelectuales pequeñoburgueses que, en el curso de la guerra de guerrillas, atestiguaron la ruptura de sus conexiones directas previas con elementos de la oposición liberal burguesa y adquirieron episódicamente autonomía respecto de la burguesía.
La primera coalición gubernamental con políticos liberales burgueses se formó en el contexto de un viejo aparato estatal burgués destruido. El mismo Castro había sido un candidato parlamentario del burgués Partido Ortodoxo en 1952. El Manifiesto de la Sierra Maestra, firmado por el Movimiento 26 de Julio en 1957, proponía “elecciones imparciales y democráticas” organizadas por un “gobierno provisional neutral” y llamaba por la “separación del ejército de la política”, libertad de prensa, industrialización y una reforma agraria basada en el principio de la tierra para el que la trabaja (en vez de granjas colectivizadas); ninguna de estas demandas desafiaba al régimen capitalista.
Las primeras medidas del gobierno pequeñoburgués de Castro fueron prohibir los juegos de azar, reprimir la prostitución y decomisar las propiedades de Batista y sus secuaces. Luego siguió una modesta reforma agraria de acuerdo con la constitución burguesa de 1940. En este periodo, Castro no sólo negó tener intención revolucionaria alguna, sino que denunció al comunismo explícitamente. En mayo de 1959, Castro se refirió al comunismo como un sistema “que resuelve los problemas económicos pero que suprime las libertades, las libertades que son tan caras al hombre y que yo sé los cubanos y los latinoamericanos ansían y quieren” (citado en Castroism: Theory and Practice [El castrismo: Teoría y práctica], Theodore Draper, 1965). Sin embargo, esto no satisfacía al ala anticomunista de su propio movimiento. En junio de 1959, Castro expulsó a patadas a los opositores de la reforma agraria dentro del Movimiento 26 de Julio.
El nuevo gobierno cubano también tuvo que enfrentar los crecientes intentos del imperialismo estadounidense por poner bajo su control a la isla mediante presión económica sin los correspondientes intentos del arrogante gobierno estadounidense de Eisenhower para cooptar al nuevo gobierno. Luego hubo un proceso de golpe y contragolpe en el que los líderes cubanos respondían con medidas cada vez más radicales a cada ataque imperialista. Cuando Eisenhower trató de reducir la cuota azucarera cubana en enero de 1960, Castro firmó un acuerdo con Mikoyan, viceprimer ministro soviético, estableciendo la compra anual de un millón de toneladas de azúcar cubana por parte de la URSS. El rechazo de las refinerías de petróleo, propiedad de los imperialistas, a procesar el crudo ruso, así como la eliminación de la cuota de azúcar por parte de Eisenhower, condujeron en agosto de 1960 a la nacionalización por parte de Castro de las propiedades estadounidenses en Cuba, incluidos los ingenios azucareros, las compañías petroleras, la empresa de electricidad y la compañía telefónica. En octubre, el gobierno nacionalizó todos los bancos y 382 empresas, lo que ascendía al 80 por ciento de la industria del país. Cuba se convirtió en un estado obrero deformado con estas nacionalizaciones generalizadas que liquidaron a la burguesía como clase.
La cristalización de un estado obrero deformado no fue en modo alguno el resultado ineludible de la victoria militar del ejército rebelde en enero de 1959. La existencia del estado obrero degenerado soviético proporcionaba un modelo y, de manera aun más importante, su apoyo material hizo que ese resultado fuera factible. Sin embargo, la formación del estado obrero deformado cubano no fue el producto de la alianza con la Unión Soviética, sino consecuencia de un proceso dentro de la misma Cuba. Otro factor decisivo en la creación del estado obrero deformado fue el hecho de que el proletariado no contendió por el poder.
De haber habido una clase obrera combativa y con conciencia de clase, ello habría polarizado a las tropas guerrilleras pequeñoburguesas, atrayendo a algunos al lado de los trabajadores y repeliendo a otros de vuelta a los brazos del orden burgués. Esto sucedió en Rusia en 1917, cuando los bolcheviques ganaron el apoyo de las masas campesinas, mientras que la dirección del ala derecha del partido campesino socialrevolucionario tomó el lado del gobierno capitalista de Kerensky. Pero en Cuba, el principal partido obrero, el estalinista Partido Socialista Popular (PSP), estaba comprometido con el orden capitalista y la legalidad burguesa. El PSP repudió el asalto castrista al cuartel Moncada en 1953 como “métodos golpistas”. Tan tarde como en junio de 1958, el Comité Nacional del PSP llamó por un fin a la violencia y por resolver el conflicto en Cuba “por medio de elecciones democráticas y limpias, respetadas por todos, por las que las personas puedan decidir efectivamente por medio del voto y cuyos resultados sean honorablemente respetados”.
La situación cubana fue excepcional: en la mayoría de los casos la victoria militar de los nacionalistas pequeñoburgueses termina en última instancia con el restablecimiento de sus vínculos con el orden burgués. Tomemos, por ejemplo, el caso de Argelia después de la prolongada guerra de independencia contra el imperialismo francés y la victoria del FLN pequeñoburgués, que usaba retórica radical. Un factor clave para mantener a Argelia como neocolonia francesa fue la búsqueda, por parte del gobierno de de Gaulle, de una política más amoldada a los rebeldes victoriosos de Argelia con los Acuerdos de Evian de 1962. Ver los resultados de la Revolución Cubana como producto de previsión e intenciones marxistas por parte de los castristas es absurdo. Refiriéndose a la “teoría” de la guerra campesina de Castro/Guevara, el historiador burgués Theodore Draper comentó: “La teoría cubana fue una racionalización ex post facto de una respuesta improvisada a los acontecimientos más allá del control de Castro.”
La Revolución Cubana demostró, una vez más, que no hay una “tercera vía” entre la dictadura del capital y la dictadura del proletariado. En ese sentido, confirmó la teoría de la revolución permanente. Sin embargo, el núcleo de la teoría de Trotsky es la necesidad de un proletariado consciente, dirigido por su vanguardia, a la cabeza de todos los oprimidos en la lucha por el poder y la extensión internacional de la revolución. El estrato gobernante del estado obrero deformado cubano es una burocracia parasitaria, que fue creada a través de una fusión de elementos del antiguo Movimiento 26 de Julio y el PSP (que pronto sería convenientemente purgado de individuos pro-Moscú como Aníbal Escalante, quien era considerado leal a un “socialismo en un solo país” diferente). La Revolución Cubana verificó en una nueva forma la aseveración de Trotsky de que la burocracia estalinista —correa de transmisión de la presión del orden burgués mundial sobre un estado obrero— es una formación pequeñoburguesa contradictoria. Como escribimos en el prefacio a Cuadernos Marxistas No. 2, 1974:
“La parte decisiva de los castristas pudo hacer la transición hacia la dirección de un estado obrero deformado porque, en ausencia del igualitarismo y la democracia proletaria de un estado ganado directamente por la clase obrera, nunca tuvieron que trascender o alterar fundamentalmente sus propios apetitos sociales pequeñoburgueses radicales, sino sólo transformarlos y redirigirlos.”
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/30/cuba.html
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